Vivir sin anestesia: alcohol y precariedad
Opinión: Natalia Sepúlveda Reina – Comunicadora social
Cada vez más figuras públicas comparten de forma generosa su relación problemática con el alcohol y otras sustancias: Ignatius Farray, Flavita Banana, Eduard Fernández, Luna Miguel… Sus relatos ayudan a romper el estigma, a desmitificar la figura del «genio» borracho y a cuestionar la bebida como forma legítima de evasión. Estos testimonios son valiosos. Visibilizan el malestar, abren conversación. Pero también dejan ver una brecha profunda: ¿qué ocurre cuando dejar de beber no es una elección libre, sino un privilegio? ¿Cuando no tienes red, ni recursos, ni acceso a ayuda?
En España, esta crisis es evidente. La escasez de profesionales, los continuos recortes y la saturación de los servicios provocan que miles de personas no reciban la atención que necesitan o que esta sea insuficiente. Mientras tanto, el consumo de hipnosedantes crece y las hospitalizaciones por depresión en adolescentes se multiplican. Se trata de un círculo vicioso que pone en riesgo la salud de comunidades enteras.
Para muchas personas que viven en la precariedad, enfrentan violencias o duermen en la calle, el alcohol no es solo un problema: es a veces el único refugio. Una forma de calmar el frío, el miedo, el hambre o la ansiedad. En estos contextos, hablar de “fuerza de voluntad” no solo es ingenuo, es injusto. Sin cuidados, sin políticas públicas, la voluntad no basta. No es solo una cadena de decisiones personales; es el síntoma de un sistema roto: sin inversión real en salud mental ni atención a las adicciones, con una red pública desmantelada. El problema es estructural, social, político.
Pero el uso del alcohol como anestesia no ocurre solo en situaciones de exclusión. También atraviesa las vidas de quienes, desde cierto privilegio, intentan sostenerse en un mundo cada vez más insoportable. Vivimos vidas llenas de incoherencias. Disfrutamos de una realidad relativamente cómoda mientras, al mismo tiempo, sabemos que ese bienestar muchas veces se construye sobre el sufrimiento ajeno.
Ante un genocidio televisado, guerras interminables, retrocesos en derechos, racismo, crisis climática… ¿Cómo no buscar alguna forma de desconexión? ¿Cómo no anestesiarse ante tanto dolor?
No hay recetas fáciles, pero dejar de mirar hacia otro lado puede ser un primer paso. Reconocer que lo personal es político, que el malestar no es solo un asunto individual. Que quizá no todo esté perdido si hay quienes, a pesar de todo, insisten en hacer del cuidado algo concreto y colectivo.
El verdadero desafío no es solo dejar de beber, sino construir vidas que no necesiten evasión, anestesia ni huida. Vidas coherentes, que no se vivan al límite ni en soledad, ni se quiebren bajo la exigencia de ser siempre útiles y productivas. Vidas con espacio para cuidar y dejarnos cuidar, para jugar, descansar, amar. Donde el alcohol no sea el único recurso para gestionar el malestar. Donde podamos sentirnos aceptadas, graciosas y cómodas sin necesidad de estar borrachas.
Vivir. Y ya.




