Sexo de pago y consumo de drogas
La especialista Carmen Meneses (2020) ha analizado desde hace años cómo el consumo de alcohol y cocaína se articula de manera estructural en determinados contextos de prostitución en espacios cerrados, revelando una “triada adictiva”. La investigación muestra que estos consumos no son anecdóticos ni individuales, sino prácticas socialmente organizadas que forman parte del funcionamiento cotidiano de clubes y locales de alterne. El trabajo etnográfico permite observar cómo estos espacios se configuran como escenarios masculinizados donde el consumo de sustancias acompaña, legitima y sostiene el intercambio sexual, normalizando conductas de riesgo que rara vez se problematizan desde la óptica del cliente.
Uno de los hallazgos centrales es el protagonismo de los hombres que compran sexo como principales consumidores de alcohol y cocaína. Lejos de la imagen estigmatizante que suele recaer sobre las mujeres, el estudio evidencia que son ellos quienes impulsan y demandan el consumo, convirtiéndolo en una condición implícita del encuentro. Ello cuestiona los discursos morales y punitivos que responsabilizan casi en exclusiva a las trabajadoras sexuales de los riesgos asociados a las drogas, invisibilizando el papel activo y dominante de los clientes en la producción de estas dinámicas.
Las personas que ejercen la prostitución desarrollan estrategias diferenciadas frente al consumo. Para muchas, el alcohol y la cocaína funcionan como instrumentos de trabajo que deben ser cuidadosamente controlados para evitar la dependencia y proteger su capacidad de obtener ingresos. En otros casos, especialmente cuando el ejercicio de la prostitución está atravesado por la migración y/o el estigma, el consumo adquiere un sentido de automedicación frente al malestar emocional y la presión cotidiana.
Meneses (2020) incide en la grave ausencia de intervenciones preventivas y de reducción de daños en estos espacios privados del mercado sexual. Esta carencia resulta especialmente preocupante, ya que refuerza la invisibilidad institucional de contextos donde se cruzan desigualdades de género, poder económico y consumo de sustancias. Las investigaciones de la autora plantean la urgencia de políticas y programas sociosanitarios que reconozcan la complejidad de estas realidades, desplacen el foco moralizador y aborden de manera integral las condiciones estructurales que sostienen la problemática entre sexo, drogas y desigualdad.


