Reflexiones a medias.

Publicado el 10 de marzo de 2025 en Opinión

Por: Marta Escolano Vega.

Hay lógicas que operan de manera automática, mecanismos cognitivos que unen dos ideas que tienen sentido entre sí. Por supuesto, podríamos abrir un debate sobre si estos mecanismos no están procurados por la cultura y las miradas concretas, pero aún teniendo esto en cuenta, vamos a imaginar que entre dos ideas que se unen de forma automática, de la idea A a la idea B, suele haber una línea recta.

Por ejemplo, si estoy cocinando algo en una sartén y asumo que se me está quemando (idea A), apago el fuego (idea B). Entendemos esto como un razonamiento lógico precisamente por esa línea recta que hay entre un problema y su solución. Si hiciéramos lo contrario, subir el fuego, o bien no lo estamos asumiendo, o tenemos algún interés concreto en que se queme lo que hay dentro.

La semana pasada la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE) publicó un informe donde se alertaba de la gran amenaza a nivel mundial que estaba suponiendo la proliferación de drogas sintéticas en los mercados. En el informe se reconoce que las restricciones impuestas por la fiscalización de drogas y sus precursores conducen a los fabricantes a crear compuestos nuevos con estructuras moleculares diferentes que no están prohibidas, o que juegan en las zonas grises de la prohibición. Dando lugar a sustancias más peligrosas. Aquí tenemos el punto A, que no es ninguna nimiedad si añadimos que este peligro se está traduciendo en nada menos que en muertes.

Para ello, la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes propone aumentar los esfuerzos en fiscalizar los estupefacientes nuevos, como bien promete el propio nombre del organismo. ¿Dónde esta aquí el punto B? Claro que el consumo de drogas esconde mil aristas que lo complejizan pero pensar que la solución pasa por seguir prohibiendo es subir el fuego, es promover la aparición de fórmulas cada vez más desconocidas y distanciadas de aquellas para las que ya estábamos preparadas.

Pensar en la eficiencia de la prohibición como una verdad perfecta e incorruptible nos condena que la reflexión se quede a medias. Desde los años 60 no ha parado de aumentar el número de sustancias que se deben perseguir y castigar en las listas de fiscalización y, sin embargo, el organismo cuya existencia solo se justifica con la fiscalización de una molécula tras otra saca -hace tan solo una semana– un comunicado advirtiendo de que no ha hecho más que aumentar el número de muertes relacionadas con las drogas, devolviéndonos nuevamente al punto A.

Una vez volvemos a la casilla de salida cabe preguntarse si de verdad los organismos de control quieren recorrer esa línea recta. Pregunta pertinente cuando les vemos dando rodeos, acudiendo a ideas más bien abstractas que despliegan rápidamente con argumentos como el de la prevención, o la todopoderosa referencia a la insuficiencia de recursos para combatir el narcotráfico. Volcando en esa utopía marcial toda su incapacidad para resolver aquello para lo que se constituyeron.

Recorrer esa línea recta supondría bajar el fuego, pensar como podríamos regular las sustancias de forma que no se avoque a las poblaciones que las consumen al riesgo, nada menos, que de muerte. Supondría plantear alternativas a la fiscalización, cambiar la forma dramática y culpabilizadora de referirnos a las drogas para cambiar la respuesta única del castigo y la moralización.

En definitiva, cabe preguntarse si queremos hacer la reflexión completa.