Pepe Mujica, un legado que va más allá de la legalización
El 13 de mayo de 2025, Uruguay y el mundo perdieron a José Mujica, uno de los líderes políticos más emblemáticos en la lucha contra la estigmatización y la criminalización del consumo de sustancias. Su nombre no solo se recuerda por su estilo austero y sus discursos cargados de humanidad, sino por una apuesta arriesgada que desafió paradigmas arraigados: la legalización del cannabis y una política pública enfocada en la salud y los derechos.
Mujica puso en marcha algunas de las políticas antitabaco más estrictas del mundo, y llegó a afirmar que fumar mata más que muchas guerras del siglo XX. No era solo una cifra: era una denuncia directa contra la industria tabacalera y la pasividad de los gobiernos. En 2014, frente a Barack Obama, volvió a alzar la voz sobre el problema. Ese mismo año, Uruguay se enfrentó a la multinacional Philip Morris en una disputa legal por haber limitado su capacidad de publicitar y vender tabaco. La respuesta de Mujica fue clara: los intereses económicos no pueden estar por encima de la salud pública.
Su postura dejó en evidencia que, frente a las adicciones, la salud pública debe estar por encima de los negocios millonarios, un mensaje que sigue vigente en muchos países donde la industria tabacalera continúa operando sin control.
En 2013, bajo su liderazgo, Uruguay se convirtió en el primer país en el mundo en legalizar la producción, distribución y venta regulada de cannabis. Fue un paso pionero, con un objetivo claro: quitarle el negocio a los narcotraficantes y tratar a la sustancia desde la salud pública, no desde la criminalización.
Con límites claros —como la compra de hasta 40 gramos mensuales y el autocultivo de hasta seis plantas—, la ley buscó controlar el mercado y reducir daños. Mujica describió este proceso como un “experimento” necesario, anticipando que los sectores más conservadores y retrógrados se resistirían y se asustarían.
La evidencia posterior mostró que la regulación redujo significativamente el mercado ilegal, del 58% al 11% en pocos años, y con ello disminuyó el poder de las redes criminales. Pero sobre todo, marcó un cambio de paradigma que puso a Uruguay en el centro del debate global sobre drogas, salud y derechos.
El legado de Mujica no está solo en las leyes, sino en la manera en que desafió el estigma que pesa sobre las personas con adicciones. Su discurso, cargado de dignidad y respeto, invitó a mirar el consumo desde una perspectiva humana, dejando atrás la criminalización que agrava la exclusión social y la vulnerabilidad.
Su apuesta valiente nos recuerda que las políticas públicas deben basarse en la evidencia, el respeto a los derechos y la protección de la salud, no en el miedo ni en prejuicios moralistas. Y que enfrentar las adicciones requiere voluntad política para desafiar intereses poderosos y estructuras rígidas.
En un mundo donde el consumo de sustancias sigue siendo un tabú y donde millones de personas sufren las consecuencias de políticas ineficaces o represivas, el legado de Mujica es un faro de esperanza y una invitación a repensar el abordaje de las adicciones. No se trata solo de legalizar o prohibir, sino de construir sistemas que cuiden a las personas, que reconozcan la complejidad del fenómeno y que pongan en el centro la vida y la dignidad.


