Desde otros ojos: Consumo de drogas, migración y sinhogarismo

Publicado el 23 de mayo de 2023 en GéneroAdicciones ComportamentalesAdicciones ComportamentalesAdicciones con SustanciasAdicciones con SustanciasCampañasInformación GeneralIntervenciónNoticiasPrevenciónReducción de Riesgos y DañosReducción de riesgos y daños

Mi nombre es X.

Llegué a España hace 3 años. Se dice rápido. Pero se han pasado lentos y confusos.

Tuve que hacer un camino muy largo para llegar hasta aquí. Anduve muchos kilómetros durante semanas, al principio iba acompañado de más gente pero a medida que íbamos dejando kilómetros atrás muchas de las personas que me acompañaban fallecieron.

Es un camino muy peligroso y puede que penséis que estoy loco, pero de verdad que, de donde yo venía, no se podía vivir. Mi familia a penas sobrevivía con una poca cantidad de comida al día, también algunos de ellos fallecieron. Yo ya era un hombre, tenía que sacarles adelante. Esto me dio fuerzas durante todas esas semanas de trayecto y quizá fue lo que me salvó de no correr la misma suerte que mis compañeros de ruta.

Por fin llegué a España y tras estar acogido en el sur por una ONG decidí irme a una ciudad grande a buscar trabajo. Es completamente imposible, en este país necesitas muchos papeles y no entiendo nada de lo que me dicen porque no hablo bien el idioma. No tengo un sitio donde dormir y aquí a nadie le extraña que haya personas como yo durmiendo en la calle. Tenía algo de ropa que me dieron cuando llegué y unos papeles que me dijeron que eran importantes para algún día poder encontrar trabajo. Conocí a unos chicos que hablaban mi idioma y vivían en la calle también, por lo que dormía donde dormían ellos. No recuerdo cuántos días pasaron hasta que me levanté sin nada, me habían robado toda la ropa y los papeles, sospecho que fueron las mismas personas que se encontraban en mi situación. No podía volver a mi casa, no podía trabajar, no podía confiar en nadie.

Los días en la calle son lentos, no tienes horarios, nada que hacer, nadie con quien hablar. Así que piensas, y yo no quiero pensar, no quiero acordarme de las personas que vi morir, no quiero conectar con todo eso que se que está en mi cabeza, pero escondido. Un día un chico que vivía en la calle también, pero que no hablaba mi idioma, entendió que yo no quería pensar, creo que lo entendió porque el tampoco, así que me ofreció fumar de una pipa, que ayudaba a no pensar.

Hasta hoy es lo único que me ha ayudado a sobrevivir, aunque mi vida se base en consumirlo y en buscarlo. No puedo dejarlo, porque vivir en la calle es complicado y esto te da herramientas para hacerlo más fácil. Consumirlo me activa, me permite poder estar despierto por las noches para que no me roben, me permite hablar con los demás y confiar en ellos aunque sea durante el rato que dura su efecto. Cuando lo consumo puedo desplazarme desde el sitio donde me ducho hasta el sitio donde me dan ropa -que están muy lejos el uno del otro- por muy cansado que esté o muchas heridas que tenga en los pies de andar tanto con zapatillas rotas o directamente descalzo. Los comedores donde puedo ir sin que me derive una trabajadora social también están lejos y abren unas pocas horas, si no llego, consumo para quitarme el hambre. Puedo cargar con colchones o mochilas llenas de cosas durante trayectos largos sin desfallecer. Además me permite no tener frío, o por lo menos ignorarlo.

Me avergüenzo de ello pero si me lees quiero que entiendas que en la calle hay violencia, hay miseria, hambre y soledad. Cargo con tanta culpa y hay tantas cosas de mi pasado que no se cómo solucionar yo solo que esto es lo que me mantiene vivo. Porque a pesar de todo todavía quiero estarlo.