Cine: Alpha (2025) Julia Ducournau
Natalia Sepúlveda Reina – Comunicadora social
Alpha (2025) confirma que su directora, Julia Ducournau, no está interesada en la provocación fácil, sino en una política del cuerpo que incomoda por acumulación y no por shock. La película se sitúa en un espacio reconocible aunque no del todo definido, una comunidad atravesada por una enfermedad que convierte la piel en mármol y por un clima de sospecha, y ahí inserta una historia pequeña que apunta a dinámicas mucho más amplias: la gestión del miedo, la vigilancia sobre los cuerpos vulnerables y la transmisión silenciosa del estigma.
Antes de entrar en su lectura política, conviene advertirlo: Alpha contiene escenas realmente desagradables y momentos de gran angustia, no tanto por lo explícito del body horror como por la crudeza con la que muestra la fragilidad de los cuerpos. Ducournau no se recrea, pero tampoco aparta la mirada, y esa insistencia puede remover, sobre todo en quienes se acercan a la película desde una sensibilidad corporal o emocional fuerte.
Además, la narrativa puede resultar difícil de seguir en algunos tramos. No porque sea incoherente, sino porque Ducournau opta por un ritmo fragmentado, casi febril, donde importa más la experiencia sensorial del miedo que la claridad expositiva. Hay momentos en que esa densidad abruma, pero forma parte de la propuesta: situar a la espectadora en un terreno incierto, similar al de los propios personajes.
En ese contexto aparece también la figura del “viento rojo”, una presencia que en la película tiene una carga ritual y casi demoníaca. En la familia de Alpha, una familia árabe marcada por generaciones de pérdidas, migraciones y silencios, esta idea funciona como un modo de nombrar lo que no puede explicarse del todo: la enfermedad, el duelo, la adicción. Para la abuela, el viento rojo es un demonio que acecha, un mal que puede posarse sobre los cuerpos con la misma facilidad con la que se transmite el miedo. Esa lectura convive con la mirada de la madre, que es médica y que, aun desde su formación científica, no consigue escapar a la pedagogía del temor heredado.
La frase del tío Amin, enfermo y atravesado por la adicción, condensa esa mezcla de mito, cuerpo y vulnerabilidad: “Tu le vois le vent rouge souffler dans mes veines ?” (“¿Ves el viento rojo soplar en mis venas?”). Él mismo nombra al demonio que lo persigue, no desde la superstición, sino desde el cansancio físico y emocional que lo ha ido expulsando del centro familiar. Esa línea revela cómo el estigma y la enfermedad se cuelan en la identidad, cómo pueden llegar a sentirse parte de la propia sangre.
La pelicula comienza con Alpha, una niña de 13 años, llegando a casa con un tatuaje improvisado. La madre interpreta la marca no como una travesura, sino como una posible puerta a otra desgracia.
Ducournau recoge tradiciones del body horror, pero las desplaza. La deformación corporal no funciona aquí como elemento espectacular ni como metáfora evidente del deseo, sino como un registro de cómo el miedo social altera la percepción del cuerpo antes incluso de que ese cuerpo cambie.
Para entender lo que propone Alpha, conviene mirar más allá de la trama. En Francia persisten debates sobre la gestión sanitaria del miedo: desde el sida hasta las crisis recientes, pasando por las políticas migratorias que mezclan sospecha, salud pública y control fronterizo. Ducournau parece recoger ese imaginario, no para ofrecer un comentario directo, sino para sumergirnos en la textura del miedo cotidiano: cómo se instala, cómo se transmite, cómo modula las relaciones.
El personaje de Amin, el tío enfermo y atrapado en una adicción, profundiza esa lectura. No es un “tema” ni un “mensaje”; es un cuerpo desplazado del centro narrativo, como muchos cuerpos marcados por el consumo que quedan al margen del encuadre social. Su deterioro no aparece para conmocionar, sino para explicar por qué la madre vigila en exceso y por qué lee en la piel de su hija señales de un peligro inminente: la experiencia previa de un cuerpo familiar devastado por la adicción vuelve cualquier gesto sospechoso. Cuando la madre observa a su hija con un rigor casi clínico, lo que se revela no es una neurosis individual, sino una pedagogía del miedo interiorizada. Cuando la comunidad murmura sobre el virus que “convierte la piel en mármol”, lo importante no es la verosimilitud, sino la facilidad con la que la sospecha se convierte en hábito.
Ahí radica la potencia cultural y política de Alpha. El contagio principal es emocional. No es la enfermedad ficticia lo que organiza la vida de los personajes, sino la lectura social de esa enfermedad.


